El humillante suelo ético del 12 de octubre

Fundación Egiari zor

Desde el pleno respeto hacia todas las sensibilidades, debemos señalar que llevamos varios años asistiendo a un debate público en torno a hechos o actuaciones que constituyen humillación hacia las víctimas; debate del que se ha excluido a las víctimas del Estado. El sentir de quienes padecimos la violencia de Estado, nuestra visión e interpretación ante las humillaciones que padecemos, parece no interesar en absoluto a quienes alzan la voz desde las tribunas institucionales de manera permanente.

Entendiendo que la construcción de la paz y las bases de la convivencia deben partir del respeto a todos los derechos de todas las personas, deseamos nuevamente trasladar nuestro sentir al debate público en relación a cuestiones que afectan de manera directa a nuestra integridad emocional, derivadas de la presencia pública, ensalzamiento y homenaje institucional a perpetradores de graves vulneraciones de derechos humanos y terrorismo de Estado.

Este sentimiento se deriva de la continua alabanza de aquellos que fueron causantes de nuestra victimación, de su presencia honorífica en sede institucional, de su espacio preeminente en celebraciones y festividades de Estado, en discursos institucionales considerándolos garantes de la democracia y del estado de derecho.

Actos como los celebrados hoy día 12 de octubre en el Cuartel de la Guardia Civil de Sansomendi, en los que representantes públicos dedican “agradecimientos y reconocimientos” a sus agentes, por su dedicación como “garantes de la seguridad y el libre ejercicio de los derechos y libertades de la ciudadanía”, constituyen para quienes fuimos pasto de su violencia:

  •  Un claro acto de apología y exaltación de la violencia que vulneró nuestros derechos humanos. Vulneraciones que debemos recordar permanecen casi en su totalidad impunes.
  • Un nítido ejemplo de legitimación de la violencia que originó nuestra victimación y en consecuencia la criminalización simbólica de quienes padecimos violaciones de derechos humanos a manos de quienes están llamados a ser garantes de los mismos.
  • Una provocación y humillación absoluta hacia quienes padecimos su violencia.

De igual forma, debemos alzar la voz ante el vergonzoso eco silencioso de la mayoría política e institucional de este país ante revelaciones de altos cargos de Estado que sitúan al otrora ministerio de interior como responsable del envío de cartas bomba; entre ellas, la que causó la muerte de un joven trabajador de Errenteria en 1989.

La ciudadanía de Euskal Herria lleva algunos años trabajando en torno a la convivencia, tratando de encontrar esos mínimos comunes que nos ayuden a establecer una base sólida sobre la que construir entre todas una sociedad que pivote sobre el respeto y compromiso con los derechos humanos de todas las personas. Es innegable que la sociedad vasca ha dado notables muestras de una evolución más que positiva en este sentido, a pesar de todo lo que nos queda por seguir construyendo.

Pero es insostenible desde la perspectiva ética que algunos predican, mirar hacia otro lado ante evidencias como esta; basta un mínimo de sentido común para entender que hay cuestiones y debates que deben trabajarse de manera integral, si lo que deseamos realmente es construir para todas y todos convivencia desde parámetros democráticos.

No parece moralmente educador erigirse en adalides éticos y no predicar con el ejemplo. Sobre el suelo ético de exigir a otros lo que uno no esta dispuesto a dar, ¿se puede construir algo sólido?

Creemos que hay silencios que expresan una terrible parcialidad y evidencian los intereses particulares que subyacen bajo esta cuestión: el rédito político y la necesidad de reforzar el discurso legitimador de la violencia de Estado que en el contexto del conflicto vulneró derechos humanos a miles de personas.

El silencio ante los agravios que sufrimos las víctimas de la guerra sucia, de la tortura, de la violencia policial…dibuja, a nuestro juicio, la vergonzosa espiral de cinismo que existe en torno a la ética democrática.

Sareetara

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