Actualizar el sistema operativo

Pello Otxandiano I EH Bildu

Urge una narrativa que actualice el sistema operativo vasco. Igual que les sucede a los dispositivos electrónicos que manejamos cotidianamente, el sistema operativo de este país requiere de una actualización para poder ejecutar las aplicaciones que necesitamos en la nueva era en la que nos hemos adentrado

Terminado el curso político, la principal sensación que nos queda es que las cosas se están acelerando. Acontecimientos globales de importancia histórica se solapan en una secuencia vertiginosa. La guerra de Ucrania, la crisis climática, el agotamiento de los recursos energéticos baratos o la crisis de un sistema económico regido por la especulación parecieran indicar el ocaso de una civilización, o cuando menos el fin de una era de la globalización capitalista.

Tiempos que requieren de análisis sosegados, lejos de la inmediatez de la política actual. Los días de verano resultan propicios para ello.

Lectura del momento

Desde que estallara la pandemia y entráramos en un contexto económico excepcional, EH Bildu ha tratado de actuar con la máxima responsabilidad. Hemos propuesto y apoyado medidas anticrisis en todas las instituciones principales. Hemos convenido en la necesidad de adoptar medidas urgentes para proteger a los sectores sociales y económicos más vulnerables. En definitiva, hemos defendido la necesidad de implementar medidas paliativas.

Pero, también hemos afirmado que no es suficiente con dichas medidas de corte paliativo. Insistimos en un análisis que creemos acertado a la luz del desarrollo de los acontecimientos de las últimas semanas y las proyecciones económicas para este otoño: no estamos frente a una crisis coyuntural, no se puede afrontar este momento como si se tratara de una situación temporal. Debemos asumir que no estamos frente a un periodo excepcional, sino que nos hemos adentrado en una época histórica marcada, precisamente, por turbulencias económicas derivadas de un cambio en los patrones que han regido la última etapa de la globalización capitalista; la excepcionalidad se ha convertido en regla. Por lo tanto, lo hemos dicho desde el inicio y lo reiteramos una vez más: a la vez que se consideran medidas de choque de corte paliativo hay que tomar medidas estructurales que nos ayuden a preparar el futuro.

Ese fue, precisamente, el principal mensaje del acto del 30 de marzo en el que presentamos la propuesta Euskal Eredua: Debemos preparar el futuro, lo cual pasa por concebir un proyecto de país bien fundamentado que nos permita afrontar los retos colosales que tenemos delante. Un proyecto de país cimentado sobre el convencimiento de que, sin negar que la dimensión de los problemas que asolan el conjunto de la humanidad exceden absolutamente de nuestro alcance, podemos y debemos afirmar con rotundidad que todos y cada uno de los retos a los que nos enfrentamos exigen soluciones propias acordes a la realidad y dimensión de nuestro territorio.

Y es que se dice que estamos en una era de cambios, pero los cambios son de tal magnitud y se están produciendo a tal velocidad que se puede decir que estamos ante un cambio de era. La prospectiva nos dice que se van a producir más cambios y de mayor envergadura en los siguientes veinte años que en los últimos cien.

Situación del país

¿Y cuál es la situación de Euskal Herria en este tiempo histórico de grandes cambios? El análisis estructural de las principales variables sociales, económicas y culturales nos lleva a concluir que nos hallamos en una situación de estancamiento. Además, los indicadores de igualdad, bienestar y desarrollo apuntan a un debilitamiento de nuestro metabolismo comunitario, lo cual nos sitúa en una encrucijada histórica. El país no avanza según requiere el momento, en la medida que exigen los retos de época. Cada vez es más evidente.

La botella pierde agua. Tres elementos de análisis nos son suficientes para concluir que, efectivamente, el tiempo corre en contra nuestra:

(i) La pirámide demográfica proyectada para el final de esta década, sencillamente, pone en cuestión todas nuestras estructuras de bienestar, así como el mercado laboral y el sistema educativo, además de acentuar sobremanera la crisis de los cuidados. La edad de emancipación de los y las jóvenes vascas es de las más altas de Europa, y la tasa de natalidad de las más bajas.

(ii) La irrupción de la digitalización y el uso generalizado de los smartphones ha producido un debilitamiento muy acusado del sistema comunicativo vasco en los últimos 10-15 años. Hoy los y las jóvenes vascas están desertando de los medios de comunicación tradicionales con arraigo en el país para sumergirse en las prácticas comunicativas de la red global. Además, el espacio comunicativo vasco se está diluyendo en el espacio comunicativo español: el 70 % de los jóvenes de entre 14-19 años no consume ningún medio de comunicación tradicional con sede en Euskal Herria. ¿Quién les hablará sobre Euskal Herria? ¿Cómo se socializarán las nuevas generaciones a nivel cultural, lingüístico, político o en cuanto a sistema de valores en estas condiciones? No existe política alguna dirigida a articular un espacio comunicativo nacional.

(iii) A lo largo de los últimos años hemos asistido a una progresiva pérdida de capacidad de decisión sobre nuestro tejido industrial como consecuencia de la entrada de fondos de inversión y la falta de relevo en empresas familiares. Estamos perdiendo el arraigo de importantes empresas tractoras. Como bien apunta el informe “Zedarriak”, «se está produciendo una creciente venta de Pymes vascas (…). Desde la salida de la crisis de los 90 no se han realizado nuevas apuestas industriales estratégicas en Euskadi». Estando de acuerdo con parte del diagnóstico que realiza dicho informe, discrepamos frontalmente con las soluciones que plantea: recetas neoliberales caducas que toman a Ayuso como referencia en cuanto a política fiscal, plantean competir vía costes salariales y focalizan los problemas de la economía vasca en el hecho de que «ha prevalecido socialmente el discurso en favor de la igualdad social frente al de la generación de riqueza».

Dicho sea de paso: al margen de consideraciones de tipo ideológico, llama la atención el apego de las élites económicas vascas vinculadas a las grandes patronales a ideas económicas netamente neoliberales que, en el contexto de la crisis civilizatoria que vivimos, ya no se encuentran ni siquiera en el mainstream del pensamiento económico del establishment europeo. Confebask, quien marca el compás del discurso económico de los gobiernos, es un verdadero problema para este país. Lo menos que se debe exigir a las élites es que sean ilustradas.

No hemos sabido preparar el futuro. Euskal Herria cuenta con dos grandes factores de vulnerabilidad en este contexto histórico de agotamiento de los combustibles fósiles baratos. Hoy carecemos de estrategia energética. De hecho, una persona tan influyente como Josu Jon Imaz, actual Consejero Delegado de Repsol, quien ejerce de lobby y condiciona las actuaciones de los gobiernos (se puede decir, por ejemplo, que la estrategia del hidrógeno del Gobierno Vasco está hecho a imagen y semejanza de los intereses corporativos de Petronor), manifiesta una opinión contraria al marco europeo para la descarbonización y se desdice de las consideraciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU en torno a la urgencia de disminuir drásticamente las emisiones de CO2.

Tampoco disponemos de una estrategia de país ante el creciente riesgo de una crisis alimentaria global. Más del 90% de las personas propietarias de instalaciones agroalimentarias están en edad avanzada, y, en las condiciones actuales, no existe relevo.

Es evidente que en los últimos años (muy claramente desde que estallara la crisis económica-financiera de 2008) no hemos sabido analizar con detenimiento los fenómenos globales y las tendencias que se estaban produciendo en el hipocentro del terreno socioeconómico vasco; y que no ha habido músculo estratégico para anticipar escenarios ni capacidad de liderazgo para posicionar a este país ante los retos de futuro.

Hemos dejado de lado el modelo vasco. Hemos dejado de interpretar el mundo desde nuestro prisma, de considerar nuestra intuición comunitaria. En buena medida, hemos abandonado la manera de afrontar los retos sociales y económicos en base a nuestra idiosincrasia, nuestras capacidades comunitarias.

De hecho, nos hemos dejado arrastrar por la corriente de la globalización neoliberal de manera acrítica, lo cual ha debilitado las estructuras sociales necesarias para dar una respuesta creativa a esta época de gran complejidad. En definitiva, hemos dejado de lado el modelo vasco que tan exitoso ha resultado en otros momentos históricos.

Es hora de abandonar análisis comparativos autocomplacientes y discursos paralizantes, inertes, neutralizadores de nuestras capacidades y posibilidades como país. Es tiempo de recuperar la manera de afrontar los retos sociales y económicos en base a nuestra idiosincrasia y nuestras capacidades comunitarias.

Necesidad de fijar rumbo

El paradigma económico basado en el libre mercado y apoyado sobre el dogma incuestionable del crecimiento exponencial ha generado las mayores desigualdades sociales de los últimos 200 años y ha chocado contra los límites biofísicos del planeta. Asistimos a un momento de la historia de la humanidad sin precedentes: la crisis climática amenaza con destruir las condiciones materiales de la vida, y la crisis energética derivada del fin de la abundancia de los recursos energéticos intensivos baratos y el agotamiento de los materiales nos abocan a un escenario bélico de un potencial devastador.

Ante este momento crucial en la historia de la humanidad, urge construir una poderosa narrativa de país como mínimo común denominador entre quienes reconocemos a Euskal Herria como sujeto político dueño del derecho a decidir. Una narrativa que dibuje un suelo común, que articule una manera de situarnos en este tiempo histórico con una clara perspectiva de país y que establezca el contorno de un debate político autocentrado.

Esa narrativa debería incluir una base mínima con respecto a nuestro pasado más reciente que rentabilice en términos de país un ciclo de construcción nacional que ha pivotado sobre estrategias divergentes (incluso antagónicas). Debería incluir, a su vez, una mirada preclara y un diagnóstico riguroso sobre el presente, y también una visión emancipadora del futuro que plantee una conceptualización compartida al menos de las siguientes cuestiones: el paradigma de desarrollo, el rol del sector público, el modelo de gobernanza y la gestión de la confrontación democrática con el Estado.

Una narrativa, en definitiva, que actualice el sistema operativo de este país. Igual que les sucede a los dispositivos electrónicos que manejamos cotidianamente, el sistema operativo de este país requiere de una actualización para poder ejecutar las aplicaciones (políticas públicas, visión sistémica fundamentada en ecosistemas abiertos para la innovación, estrategias de empoderamiento comunitario, articulación territorial, etc.) que necesitamos en la nueva era en la que nos hemos adentrado.

Hoy un ejercicio de realismo, responsabilidad y eficacia política exige (i) aceptar que necesitamos un cambio de rumbo; (ii) que ese rumbo debe de ser acordado y guiado de manera cooperativa por el conjunto de nuestra sociedad, de sus agentes sociales, económicos, académicos, políticos y culturales; y (iii) que la activación de la potencialidad y fuerza transformadora de la propia sociedad vasca es la única garantía de éxito.

Actualizar el sistema operativo es crear nuevas soluciones, construir nuevos liderazgos y articular nuevas mayorías.

Nuevas soluciones

Se trata de identificar los principales retos que deben guiar el modelo vasco de afrontar este momento histórico, de definir cuáles son las misiones en torno a las cuales articular nuestro potencial comunitario. Una hoja de ruta que sirva para generar sinergias y liberar nuestras capacidades como país. Porque los debates que afronta la sociedad vasca en este momento histórico transcienden con mucho los de una legislatura y tienen carácter estratégico y generacional.

En el acto del 30 de marzo identificamos cinco retos estratégicos que después desarrollamos en el documento Euskal Eredua: Reforzar la soberanía estratégica, transformar las estructuras del bienestar, renovar los sistemas de conocimiento, fortalecer la identidad comunitaria y desarrollar un modelo de seguridad propio.

Queremos traer a colación la reflexión planteada por Joseba Sarrionandia en las jornadas “Euskal nortasunaren erronkak XXI. mendean” organizadas por la fundación Sabino Arana y TMeLab a principios de julio. Sarrionandia propuso conceptualizar la nación como un espacio de comunicación, partiendo de algo tan simple como que una comunidad es, en última instancia, un conjunto de personas que comunican entre ellas. Alertó de que tenemos todo por hacer y que, para ello, los esquemas que hemos manejado en el pasado no nos sirven de mucho.

Sin duda alguna, en una época de desarraigo y crisis identitaria en la que el ansia de pertenencia se manifiesta con la misma fuerza que el ansia de seguridad material, la identidad comunitaria, el sentido de pertenencia a una comunidad abierta y solidaria, es el ingrediente base de cualquier proceso de transformación. Sin el fortalecimiento de nuestra identidad comunitaria difícilmente haremos frente al futuro como país.

Nuevos liderazgos

La crisis política pone en entredicho las democracias representativas occidentales. Vivimos tiempos de agotamiento de la política convencional. Además, la complejidad de los retos sociales actuales evidencia los límites de la acción institucional top-down. Resulta primordial activar nuevas formas de liderazgo capaces de articular formulas de cooperación entre agentes de la sociedad civil e instituciones, e impulsar nuevas institucionalidades de carácter comunitario.

A este respecto, se debe subrayar que cooperar no es exactamente lo mismo que colaborar. Cooperar supone construir espacios de interrelación no jerárquicos, acercarse a los niveles superiores en la escala de la participación política. Una cosa es dar parte a la sociedad de una decisión (y para ello escuchar, comunicar, consultar), otra cosa es disponer de medios para que la sociedad tome parte en las decisiones (abrir cauces de colaboración ciudadana en la gestión institucional) y otra hacer que la sociedad sea parte de las decisiones, parte en la gestión política en toda su dimensión (articular espacios de cooperación entre agentes de diferente naturaleza).

Es bastante evidente que retos urgentes como los diferentes procesos relacionados con la transición energética (que de una manera u otra van a tener una afección territorial y van a implicar cambios en nuestros hábitos de vida) o la segregación social por motivo de clase y origen no tienen gestión política democrática posible si no es mediante la articulación, en primer lugar, de espacios deliberativos de naturaleza cooperativa.

La política municipalista es un banco de pruebas en ese sentido. Los cinco retos estratégicos mencionados anteriormente requieren de una estrategia de toma de poder, ya que cualquier estrategia de construcción nacional pasa, principalmente, por disponer del mayor número de espacios de poder al servicio de un proceso de transformación en la escala vasca que vaya construyendo estado. Pero, a su vez, requieren de una segunda pata bottom-up que distribuya el poder mediante la generación de nuevas institucionalidades: la vía de la construcción comunitaria que entronca claramente con nuestra tradición municipalista.

Hoy toca hacer dos cosas: en primer lugar, debemos definir en qué ámbitos y de qué manera (proyectos materiales concretos) puede el municipalismo comunitario realizar una aportación cualitativa en la siguiente legislatura municipal a los retos estratégicos definidos en la propuesta Euskal Eredua. Y liberar toda la capacidad política de EH Bildu como movimiento municipalista en el desarrollo de la segunda pata de la estrategia dual soberanista. Ese es, precisamente, el propósito que nos marcamos con la elaboración del documento “Euskal Eredua Eginez”.

En segundo lugar, además de ese análisis a nivel nacional, cada municipio debe realizar un análisis de prospectiva estratégica local (aunque sea de forma intuitiva) para definir cuáles son los procesos clave que debe activar desde hoy mismo para dotarse de resiliencia en el medio plazo ante la agudización de los fenómenos globales que se espera para los siguientes años.

Hoy, seguramente, estemos ante un nuevo impulso comunitario que viene de la mano del municipalismo transformador. Falta tomar conciencia de lo que ya se está haciendo y del potencial del municipalismo en la estrategia soberanista. Organizar una comunidad energética local hoy tiene un valor político similar a lo que pudo tener en su día organizar una Ikastola, por ejemplo. El movimiento municipalista nacional que conforma la alianza entre EH Bildu y EH Bai debe ser catalizador de ese nuevo impulso comunitario al servicio de la construcción nacional.

Nuevas mayorías

En Euskal Herria existen suficientes voluntades individuales y colectivas para hacer este camino. Hay que articularlas, organizarlas, y ponerlas en marcha. Hay que superar dinámicas fragmentadoras, supeditar intereses corporativos, tejer complicidades hasta ahora improbables y, sobre todo y ante todo, rehuir de discursos en última instancia reaccionarios que sugieren abandonar toda esperanza en lo político y nos abocan a un pesimismo atroz. En definitiva, articular nuevas mayorías sociopolíticas capaces de operativizar mayorías sociológicas que ya existen en nuestro país.

Hay sectores dinámicos en la sociedad vasca, cuya potencialidad comunitaria, por diversos motivos, no se libera en toda su magnitud en favor de una estrategia de transformación en la escala vasca. Lo cual apunta la necesidad de abordar una reflexión conjunta más allá de siglas y dinámicas electorales. Existe, por ejemplo, una comunidad científica vasca, un sindicalismo abertzale mayoritario, un movimiento cooperativista, un movimiento feminista, mucha gente haciendo muchas cosas en el ámbito cultural, movimientos juveniles, etc. Esa reflexión conjunta debería de tratar de responder algunas de las siguiente cuestiones: ¿Qué tipo de condiciones se deben trabajar, cuáles son las dinámicas que se deben corregir y qué tipo de instrumentos se deben disponer para la activación de la capacidad comunitaria de la sociedad civil vasca en favor de un proceso contemporáneo de construcción nacional?

Pacto de Bienestar

Hemos comenzado diciendo que hay que preparar el futuro, y para ello abordar procesos de transformación que incrementen nuestra resiliencia como país ante un nuevo tiempo marcado por el fin de una era de la globalización. La propuesta Euskal Eredua pretende ser una aportación en ese sentido. No estamos como para dejar pasar otra década.

Y junto a ello, y como condición necesaria para acometer ese proceso de transformación, hay que revertir dos tendencias que arrastramos desde la crisis económica-financiera de 2008: la degradación de los servicios públicos y el incremento de las desigualdades sociales. Precisamente, para que se den las condiciones de posibilidad de un proyecto de país capaz de abordar los retos globales, es necesario garantizar las bases materiales del bienestar al conjunto de la sociedad vasca. Ante la profundización de las desigualdades que supone la alta inflación, creemos que urge un gran pacto social con el fin de sostener a la sociedad vasca y poder abordar el futuro con las mínimas garantías, sin fracturas sociales.

En ese sentido, se debe hacer una aclaración en relación a la inflación y el debate de las políticas antiinflacionistas: A día de hoy, existen suficientes indicios para afirmar que ni la política monetaria expansiva, ni el alto nivel de gasto público, la presión salarial y los ahorros acumulados durante el confinamiento están detrás de la inflación. Muy al contrario, parece bastante claro que la razón principal de la alta inflación reside en el debilitamiento de la oferta a consecuencia de la guerra y la contracción de la inversión y producción de los recursos energéticos fósiles. En definitiva, tal como apuntábamos desde hace meses, en la base de esta inflación residen factores estructurales ligados al fin de la abundancia de los recursos energéticos fósiles baratos y a la escasez de materiales.

Por lo tanto, la solución principal del problema de la inflación vendría de la mano del control de los precios de la energía y, por supuesto, de todos los productos y servicios que encarecen sin razón justificada, abultados por la mera especulación. Es hora de plantear parámetros de fiscalidad e intervención pública previos al neoliberalismo. Hay sectores económicos, como el energético, copados por sistemas oligopólicos que no tienen nada que ver con el libre mercado, que están absolutamente fuera de control. Urge una actuación contundente del sector público en aras a garantizar el acceso por parte de la ciudadanía a un bien esencial y escaso como es la energía. La primera medida en ese sentido debe ser gravar los beneficios record que están obteniendo las empresas energéticas a costa del empobrecimiento general de la sociedad. Una medida de justicia social que ya cuenta con la oposición visceral de Josu Jon Imaz y el silencio de Urkullu (no quiso responder la pregunta de un periodista al respecto en la rueda de prensa en la que anunció la deflactación).

Las políticas antiinflacionistas clásicas de corte neoliberal o neokeynesiano que en última instancia persiguen contener la demanda y potenciar la oferta a través, fundamentalmente, de la contención salarial, no sirven para hacer frente a la inflación y solo nos abocan a un mayor aumento de las desigualdades sociales. Lo cual es un error por partida doble: Por una parte, la profundización del proceso de concentración de riqueza al que asistimos desde la crisis económica-financiera de 2008 nos conduciría al empobrecimiento de amplias capas sociales y, por consiguiente, a una profunda crisis social. Y, además, nos situaría en condiciones más desfavorables para hacer frente a las transiciones necesarias, ya que la redistribución de la riqueza es la piedra angular de cualquier transición justa. Sin distribución de la riqueza, sin justicia social, la transición a sociedades que quepan en la escala biofísica del planeta es un campo abonado a la extrema derecha.

Por lo tanto, es urgente revertir el proceso de acumulación de riqueza que se está produciendo en los últimos largos años y emprender la senda de una profunda redistribución de la misma con el fin de garantizar las bases del bienestar que nos permitan afrontar el futuro con garantías.

Y por otra parte, igual de fundamental es dotarnos de servicios públicos robustos. Acabamos de salir de una pandemia en la que se ha visto claramente cuál es el valor estratégico de la atención primaria del sistema de salud, por ejemplo. Pareciera que no hemos aprendido nada. Un sistema público de salud de calidad apoyado sobre una sólida atención primaria va a ser vital ante posibles nuevas pandemias u olas de calor derivadas de la crisis climática. Hoy, el deterioro de la atención primaria es notorio en la Comunidad Autónoma Vasca: hay 65 ambulatorios cerrados y la mitad funciona con restricciones. Una realidad teorizada por la propia consejera de salud en términos de «cambio cultural».

Por ello, no compartimos la senda propuesta por el Gobierno Vasco y las Diputaciones de los tres territorios: La deflactación tal como se ha planteado es una medida regresiva. Si la inflación aumenta las desigualdades entre los que más tienen y menos tienen, la deflactación sin progresividad, tal como se ha planteado, ahonda en las desigualdades: beneficia al que más tiene y no tendrá ningún impacto sobre las rentas más bajas exentas de pagar IRPF, y será de una cuantía muy pequeña para quienes tienen salarios bajos y medios. Este es el camino que ha abierto Ayuso en Madrid y el PP le anima a recorrer con mayor intensidad.

Y además de un medida regresiva es una medida coyunturalista, o bien planteada basándose en el supuesto de que se mantenga la sobre-recaudación debida al crecimiento económico más la inflación (aunque las proyecciones económicas para el último trimestre del año apuntan escenarios de desaceleración económica y como consecuencia es probable que en los siguientes meses la recaudación se vea mermada), o bien es una medida basada en la esperanza de que la situación de alta inflación se revierta en pocos meses.

En cualquier caso, no hay un análisis estructural del contexto en el que nos encontramos y no hay una visión a medio-largo plazo. El propio Urkullu dijo en rueda de prensa que espera que las medidas anunciadas sean coyunturales. Apreciamos un gobierno agotado, buscando golpes de efecto más que medidas efectivas que nos ayuden a preparar el futuro; y claras muestras de improvisación (el propio PNV se ha mostrado en contra de la deflactación meses atrás en las Juntas Generales de Bizkaia).

Es hora de poner encima de la mesa medidas que hasta ahora ni tan siquiera se han querido considerar, políticas de sentido común dirigidas a salvaguardar las bases materiales del bienestar al conjunto de la sociedad vasca. Consideramos que, en los siguientes meses, este país debe realizar un ejercicio de corresponsabilidad tratando de articular un pacto de bienestar a la vasca en conformidad con las condiciones propias de nuestro país. Un gran pacto social que revierta la degradación de los servicios públicos y el incremento de las desigualdades sociales.

En ese sentido, a principios de octubre, EH Bildu presentará una propuesta en forma de decálogo. Una propuesta que abordará, entre otras cuestiones, el impuesto a los beneficios de las energéticas y de la banca, el reparto de los beneficios empresariales, el Salario Mínimo Interprofesional, la regulación de los precios del alquiler de la vivienda o la revisión de la política de inversión.

Una propuesta con la que tendemos la mano para un gran pacto social que ofrezca un lugar desde el que actualizar el sistema operativo de este país para poder afrontar el futuro con determinación.

Sareetara

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